CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      4.5).- REALIZACION DE LA PLUSVALÍA Y OPRESIÓN DE LA MUJER:

      La acumulación capitalista se detendría si se detuviese la realización de la plusvalía que obtiene de la explotación de la fuerza social de trabajo. Esa fuerza ha sido creada y es permanentemente recompuesta por el trabajo doméstico, como hemos visto, pero aún así esa fuerza de trabajo, esa población trabajadora, debe cumplir el mandamiento de "¡consumid, consumid, malditos!". Si el mandamiento de "¡acumulad!" va destinado a la burguesía, el de "¡consumid!" va destinado no sólo a la ultraminoritaria clase dominante sino a la inmensa mayoría de la población. Y esos mandatos no son producto del capricho de los empresarios como personas individuales que fuerzan a la gente a consumir los productos que ella misma fabrica, en una especie de trampa cínica y macabra, o es una especie de círculo que se retroalimenta eternamente. No. El consumo está inserto en la misma acumulación, es una parte suya, un componente básico del capitalismo. Y en la medida en que la acumulación exige cada vez más consumo para asegurar más acumulación, en esa medida debemos hablar del consumismo como la aceleración que el capital introduce en todo el proceso para asegurar la acumulación.

      Esta definición del consumismo es fundamental para superar la verborrea al uso y para entender el ahondamiento de la crisis de la familia y con ella el empeoramiento de la situación de la mujer. No negamos que el consumismo tenga un componente psicológico de ansiedad, frustración, depresión, necesidad de compensaciones y de recuperación fácil de la autoestima, etc.; tampoco negamos que ese componente sea más fuerte en la mujer que en el hombre, y menos aún que la manipulación alienadora del consumismo sea además de un instrumento del sistema patriarco-burgués también es ya un nuevo negocio capitalista. No negamos nada de eso. Simplemente decimos que esas verdades dependen de la necesidad de la acumulación, que es ésta su causa y no a la inversa, que no es la depresión psicológica la que crea el consumismo sino que es la dialéctica acumulación-consumo la que crea la depresión psicológica y la necesidad compulsiva de consumir irracionalmente y que, por no extendernos, no es que el hombre sea más fuerte psicológicamente que la mujer y por eso no ha caído tanto en la compulsión consumista sino que es el sistema patriarco-burgués el que ha hundido a la mujer en el consumismo para oprimirla mejor.

      El consumo es la condición indispensable para que la plusvalía se convierta en dinero, es decir, para que las mercancías producidas puedan venderse y realizar así el circuito completo de la producción capitalista. Por realización de la plusvalía se define este proceso consistente en que la mercancía producida se vende por un dinero, por un precio, que sea lo más alto posible para que el empresario, el propietario de la fábrica en la que se ha producido esa mercancía, pueda recuperar no sólo el total del capital adelantado sino más, lo más posible. Cuanto más obtenga por la venta más plusvalía habrá realizado, habrá convertido en capital y, tras reponer las máquinas gastadas, materias primas, sueldos, etc., -el capital constante y el variable- más ganancia "limpia" habrá obtenido. Vemos así cómo se realiza un circuito completo que va del capital inicial al capital final tras pasar por la mercancía. Lógicamente, el empresario quiere, desea y necesita que el capital sea mayor, mucho mayor, que el inicial, o sea, un capital ampliado. Esa ampliación última, "limpia" de gastos, impuestos, servicios, etc., es la ganancia. Pero ocurre que para llegar al capital final ampliado hay que vender y alguien tiene que comprar. Esa compra es el consumo.

      Cuanto más se venda y más se compre, cuanto más se consuma, más circuitos se realizan, más rápidamente se completan y por eso, más ganancias "limpias" se habrán obtenido. Pero si el consumo no es suficiente y no garantiza la venta de la mercancía, esta se almacena a la espera de poder ser vendida. Cada día que pasa sin ser consumida esa mercancía se desvaloriza, pierde valor porque otra mercancía ha ocupado su lugar o porque se deteriora, etc., y en la medida en que se desvaloriza también lo hace el capital adelantado para su producción. Además, la competencia hace que se intente acortar el período que va de la producción a la venta, y esa urgencia se incrementa por el hecho de que otras mercancías competidoras son más baratas y tal vez mejores a pesar de tener el mismo precio debido a que se han fabricado con mejores máquinas y/o se ha explotado más a los trabajadores.

      Estos y otros factores presionan cada vez más en el capitalismo actual para reducir el tiempo que pasa una mercancía expuesta en el mercado sin venderse. A la vez, para garantizar el beneficio, se producen mercancías diferentes sólo en la forma, en el color o en la imagen externa, para atraer la atención de los consumidores. Pero al poco tiempo otras empresas copiaran y superarán esos cambios de forma añadiendo otros y multiplicando la oferta de consumo, mientras que en unión con Hipermercados, bancos, cajas de ahorro, etc., facilitarán al máximo las condiciones de pago a plazos, de crédito, de financiación, de endeudamiento camuflado del consumidor para que éste compre y compre sin parar, compulsivamente, esperando pagar más tarde. Semejante espiral alocada es el consumismo compulsivo de baja calidad pues la inmensa mayoría de los productos son de una rápida obsolescencia, es decir, han sido fabricados para que se rompan y se gasten al poco tiempo de su compra, y están diseñados para que no compense llevarlos a un técnico para su arreglo. El grueso del consumo de masas es de baja calidad, y la alta calidad queda restringida a la burguesía.

      La familia trabajadora, la que vive del salario del hombre y frecuentemente de la mujer, fue desde mediados del siglo XIX en algunos países y también desde mediados del XX en otros del capitalismo desarrollado, un lugar de producción de fuerza de trabajo, como hemos visto. La diferencia entre unos países y otros responde al grado de desarrollo del capitalismo industrial y de la industrialización agraria con la consiguiente llegada masiva de población a la ciudad que abandona el campo. Este proceso es ahora para nuestro estudio secundario, pero muestra que la evolución de la familia trabajadora está totalmente supeditada a las fases capitalistas y que, también, su supeditación creciente al consumismo como parte de la acumulación no es producto de la mera propaganda comercial sino de tendencias estructurales capitalistas.

      Desde esta perspectiva, la industrialización no sólo afecta a la familia patriarco-obrera en lo relacionado con la formación de la fuerza de trabajo, sino cada vez más con respecto a la realización de la plusvalía. Más aún, dado que aumenta la productividad del trabajo industrial y con ella los servicios de todas clases para agilizar la venta de las mercancías cada vez más abundante; dado que la saturación de capitales hace que se industrialicen trabajos anteriormente doméstico y que se industrialice el llamado ocio o "tiempo libre" con la proliferación de múltiples ofertas de todo tipo; dado que la precarización, desregulación y cambios en la geografía productiva con los aumentos de las distancias y de los tiempos, obligan a la gente a recurrir a servicios de comidas rápidas, servicios de estancia, etc., debido a estos y otros cambios inherentes a la expansión del hiperindustrialismo -que no del postindustrialismo- se pasa del consumo al consumismo, y con ese tránsito la familia es sometida a presione anteriormente inexistentes.

      Ahora la familia está bajo un diluvio de órdenes consumistas que no provienen sólo del marketing publicitario y comercial, sino también de las demandas de l@s hij@s fácilmente manipulables por la publicidad, y también de las modernas formas de mantener el status social exterior mediante la muestra de un consumo forzado, superior en uno o dos puntos al nivel de consumo lógico según la escala salarial de las familias concretas -obsesión confirmada por todos los estudios sobre el consumo y en especial en el de la compra de coches por su simbología especial- lo que incrementa las presiones conservadoras. Según los países capitalistas y de sus formas particulares, las familias serán sometidas a presiones consumistas máximas o a presiones de mantener cierto ahorro, siempre atendiendo a las necesidades de sus respectivas burguesías. Pero la tendencia general del capitalismo desarrollado es la de potenciar el crédito y otras formas de pago no inmediato. La experiencia obtenida por la burguesía es que la mezcla de deudas familiares y posibilidades de consumo a crédito, esta mezcla que mantiene la tensión entre lo que hay que pagar por gastos anteriores y lo que se puede seguir comprando a crédito que se pagará más adelante, esta dinámica, se convierte en una cadena de oro difícilmente rompible.

      Hay que tener en cuenta que esa dinámica se sostiene sobre la creencia de que las deudas adquiridas nunca llevarán a la familia al embargo de sus bienes porque las formas regulares de pago lo evitan, y que, además, los momentos de duda e inquietud por el futuro son aparentemente solucionados por otro acto consumista, que demostraría su "solvencia social". En mayor o menor grado, todas las familias obreras mantienen un equilibrio inestable entre salarios y gastos, equilibrio que se rompe en determinadas fechas y eventos y que se recupera en los meses de austeridad. Cuando ese equilibrio se vive en una coyuntura de crisis se intentan seleccionar y restringir gastos, y cuando la coyuntura es expansiva se relanzan los gastos. Pero la tendencia general del capitalismo actual es la de reducción del ahorro familiar y de aumento de sus deudas, préstamos e hipotecas. Lo peor de esta tendencia es que además se produce en medio tanto de la depauperación o empobrecimiento social como del aumento de los gastos que de los servicios anteriormente públicos y ahora privatizados. Antes, en las primeras épocas del consumo de masas, que no todavía del consumismo compulsivo, la seguridad del pago a crédito que entonces se iniciaba se basaba en la seguridad del trabajo estable, de los derechos sindicales y sociales, de la continuidad del salario social e indirecto y, por no extendernos, en la creencia de que los hijos tendrían trabajo nada más acabar los estudios y de que las hijas no tendrían problemas en encontrar maridos con sueldos fijos. Ahora eso está desapareciendo, y el consumismo compulsivo debe realizarse en medio de precarización e incertidumbre existenciales en aumento.

      Surgen así algunas contradicciones que ayudan a explicar, sin olvidar otras causas que no podemos exponer, un fenómeno doble como el de que, por un lado, en los últimos años las clases trabajadoras de casi todos los países capitalistas endurezcan la defensa de los derechos sociales atacados por el neoliberalismo, presionando incluso a la derecha a presentarse de forma populista e interclasista que contrasta con la anterior postura decididamente proburguesa y, por otro lado, que en estos mismos países se está viviendo un endurecimiento del sistema patriarco-burgués que se extiende también a los hombres de las clases trabajadoras. No vamos a extendernos en el primer asunto. En el segundo hay que decir que proliferan las denuncias del envalentonamiento machista de la sociedad burguesa, proceso unido al retroceso desde finales de los setenta hasta finales de los noventa de casi la totalidad de movimientos democráticos, progresistas y clasistas. En este marco, el consumismo tiene varias funciones abiertamente contrarias a la emancipación de la mujer.

      Una es que aumentan las cargas y obligaciones de la mujer en la familia para controlar y racionalizar los gastos y las presiones consumistas impuestas desde el exterior. Estas presiones se suman a las que surgen del aumento de las frustraciones y ansiedades causadas por la precarización existencial. Recordemos que son las mujeres las que realizan el grueso de las compras, las que mantienen las relaciones con l@s hij@s, las que actúan de intermediarias entre est@s y el padre y su poder, las que deben buscar un trabajo asalariado fuera para ayudar al pago de los gastos y deudas, etc. No debe sorprendernos entonces que, como hemos visto, aumente el desgaste psicosomático en las mujeres ya que, además de lo anteriormente visto, el control e intento de racionalización del consumo exige un desgaste superior a la mayoría de las tareas domésticas por la especial alienación interna al consumismo. Un ejemplo: es muy difícil negarse asiduamente a las peticiones de l@s hij@s para tales o cuales gastos porque la madre conoce mucho mejor que el padre todo lo que significa la imagen corporal aunque no sepa nada de la importancia que tiene para la sana personalidad de sus hij@s que tengan una positiva imagen inconsciente del cuerpo.

      Otra es que el consumismo es descaradamente misógino y sexista en su imagen y contenido, aunque vaya destinado a las mujeres. El grueso de la publicidad es groseramente machista e impone un terrorismo simbólico espeluznante sobre la imagen consciente e inconsciente del cuerpo de la mujer. Este terror simbólico refuerza el status de objeto sexual de la mujer y agrava la sensación de vacío y poca autoestima de la mujer, sobre todo de la que ha superado ya la treintena de años y ve como su cuerpo se aleja día a día de la imagen oficial que se impone en la publicidad, y no hablemos de las mujeres mayores, viudas, con pensiones y jubilaciones mínimas o sin ellas, expulsadas de la vida interrelacional con personas de su misma edad y condenadas a la soledad, a ser una carga para sus familiares o abandonadas en un geriátrico. En el contexto cotidiano de una doble jornada de trabajo, estas presiones son aún más dañinas por la necesidad de presentar una imagen corporal acorde con las exigencias machistas. El capital ha creado una industria simbólico-material del cuerpo de la mujer que es un componente decisivo del consumismo cotidiano de la mayoría de las familias y que ha extendido su mercado hasta las niñas y empieza a hacerlo hacia las mujeres mayores. En realidad se trata de la lógica ciega del capitalismo por mercantilizarlo todo lo que, en este caso, exige que la entera vida de las mujeres sea objeto de una presión salvaje. Y todos los datos muestran que el capital ya está mercantilizando la imagen corporal de los hombres.

      Además, esta mercantilización del cuerpo favorece la oleada machista y las tendencias crecientes al abuso sexual. En el interior de las familias, la hipersexualidad dominante ayuda a la agresividad del marido contra la mujer y las hijas, y refuerza la autoestima masculina en el interior de su "reino privado". Naturalmente, esta situación varía según los países capitalistas y la relación de fuerzas entre las mujeres y los hombres pero, como tendencia general, la industrialización del sexo y la extensión del consumismo erótico de masas, con su dominio en la publicidad que invade los rincones más privados de la vida familiar, se produce en toda la sociedad capitalista y refuerza la jerarquía de sexos, que no sólo de géneros. Este problema es importante porque ataca una de las necesidades básicas de la emancipación femenina que es la de exigir y lograr que la mujer no sea un objeto sexual sino una persona independiente con su pensamiento propio. El consumismo erótico de masas, que frecuentemente se fusiona con el consumismo compulsivo, actúa así como una fuerza material y simbólica enemiga irreconciliable de la emancipación de la mujer porque su modelo de sociedad gira alrededor de la sexualidad penocéntrica cuya característica básica es imponer el retroceso de la mujer como género independiente y crítico a la mujer como objeto sexual.

      Por último, el consumismo compulsivo también actúa y muy fuertemente contra la emancipación práctica de la mujer que se separa y/o se divorcia y crea la familia monoparental. Hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de las separaciones y/o divorcios suponen una considerable merma económica para la mujer, privada del salario masculino y que apenas puede esperar con que su exmarido cumpla con la ley de colaborar con los gastos de los hijos, y el panorama es mucho peor cuando no hay divorcio oficial y la mujer no puede esperar o ni siquiera desea ninguna ayuda. Hay que tener mucho coraje para en esas condiciones dar ese salto. Las presiones consumistas caen entonces con especial saña sobre l@s hij@s jóvenes si los hay, y en general sobre toda la familia monoparental. En la medida en que la realización de la plusvalía exige un incremento del consumo, el único incremento que el sistema patriarco-burgués puede esperar por el aumento de las separaciones y divorcios puede ser el del aumento de pisos de alquiler, y el de las ganancias de los abogados y desgraciadamente de psicólog@s en algunos casos.

      La realización de la plusvalía multiplica todas las opresiones que padece la mujer, pero, sobre todo, acelera al máximo la temporalidad patriarco-burguesa, que es un componente decisivo en la economía capitalista del tiempo de trabajo.


      4-6).- Economía del tiempo de trabajo y opresión de la mujer.

      Índice La infamia del patriarcado a la página principal